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Ha venido un bicho chino para cambiar las costumbres de trabajo en occidente.

Ya no se trata de ser un convencido de los beneficios que aporta la tecnología, que lo soy, el problema en España está en que desde las empresas no se confía en el rendimiento del trabajo cuando no es presencial. Quizá por una tradicional picaresca en el empleado o por no haber sabido dirigir para el teletrabajo (que también es necesario), estamos en mantillas en este tema de trabajar desde casa. Aún siendo necesario avanzar en esa educación, que ahora haya que pasar de 0 a 100 de un día para otro parece un cambio brutal. O puede que este empujón forzoso nos venga bien para cambiar hábitos que se estaban retrasando.

Es evidente que hay multitud de trabajos en los que es imposible el teletrabajo. En España, con la dependencia del turismo y afines, desde luego se requiere estar en presencial. Pero en todos los que sí es posible ejercer el trabajo conciliando la vida familiar, tenemos ahora la oportunidad de dar grandes pasos. Olvidarnos del horario de 8 a 16, porque realmente podemos terminar de trabajar a las 23 horas si un día, por cualquier motivo, podemos disfrutar de los hijos una tarde y terminar el trabajo cuando se hayan acostado. Desde las empresas hay que educar en esa línea y aprender a confiar.

De las consecuencias económicas que va a traer esta pandemia tiempo tendremos de valorar, porque hacer cábalas ahora será una buena forma de equivocarse. Dejaremos que los tertulianos llenen estas horas que vamos a pasar en casa, con sus valoraciones.

No recuerdo a qué empresario se le atribuye la frase, pero después de todo lo soportado por las empresas para recuperarse de la crisis anterior, con esta de ahora se va a ver «quién venía nadando desnudo».